Noche de Ramadán en Xauen

15 de Mayo de 1.954 (Año 1.368 de la Hégira)

 

Son las dos de la mañana.  Me encuentro en lo alto del torreón del edificio de la Mejaznya Armada, lugar al que se llega desde su terraza superior, trepando la aérea pared final gracias a media docena de grapas clavadas en la misma.   Con seis soldados me toca como cabo hacer retén de guardia esta noche.  Acabo de terminar el turno de ronda y aprovecho las horas de descanso antes del próximo relevo, para disfrutar de todo el encanto que la noche del Ramadán en Xauen ofrece desde esta altura, que prácticamente domina la ciudad y sus alrededores.

La festividad del Ramadán, el mes sagrado de los musulmanes, es de obligado cumplimiento para  todo creyente.  El día está dedicado a la oración y al descanso,  mientras haya luz no se puede comer, ni beber, fumar o entregarse a vicio alguno. A la puesta del sol (ocho horas de la tarde) la batería destinada al efecto deja oír su estampido, anunciando que la hora de la penitencia ha pasado y toca divertirse  hasta la cinco de la madrugada, cuando se presienten ya las primeras luces del alba. Para que las tropas indígenas puedan disfrutar tranquilamente de las horas nocturnas y reponer sus fuerzas después del diario ayuno, nos encargamos los del “África 53” de la guardia de las dependencias a su custodia, tales como Mejaznya Armada, Mehal-la, Bujalato, etc. Y como intercambio, en las Pascuas Navideñas, ellos hacen por las noches la custodia de nuestras instalaciones militares.

Me asomo al torreón. La noche está en ese punto perfecto de temperatura y ambiente para disfrutarla a pleno pulmón.  Tengo algo de sueño y para combatirlo mejor voy a escribir y tratar de reflejar en papel todo el encanto nocturno de este singular paraje norteafricano. Saco mis inseparables parker y libreta, y me acomodo lo mejor posible. Brillan las estrellas en lo alto. Mientras contemplo las constelaciones, pienso que pocos humanos sabrán de la soledad, misterio y belleza de una noche estrellada tanto, como el soldado que ha de pasar largas horas de vigilancia y que las ve morir, una y otra vez, en la lentitud del alba. Sobresale en el conjunto estrellado Orión,  el Gigante o Amanar para los árabes, con todo su cinturón de estrellas, amenazando al Tauros, cuyo rojizo ojo, Aldebarán, parece brillar con mayor intensidad en estas latitudes.  El espléndido panorama está dominado por la Vía Láctea o  Darib Altabane (“El Camino que deja la paja”) según la mitología árabe, amplio reguero de estrellas y nebulosas hacia el noroeste………..Pero mi atención se concentra enseguida en los rumores y sonidos que proceden del conjunto de Xauen.

Una marejada de ruidos se extiende por toda la ciudad. La algarabía a veces se aleja, baja su ritmo y vuelve a acercarse poco a poco, hasta alcanzar una indescriptible jerigonza de tambores, flautas, dulzainas, platillos, canciones y vocerío. Lo impresionante, es el retumbar del eco en los montes, superiores a los dos mil metros, que rodean la ciudad; ruidos que parecen llegar hasta la propia cumbre del Tisuka, cima cuya ascensión tantos problemas nos causó  la abundancia de nieve, hace menos de un mes.  Distingo los sonidos según su procedencia. Resuenan medio apagados por las estrechas callejuelas de la ciudad vieja, alcanzando un mayor grado de estruendo al pasar por la plazoleta mayor del zoco. Suben hacia el desfiladero del Taka Rami, con su gruta del tirador, bien conocida en la guerra de 1925. retumbando  de forma misteriosa e impresionante entre aquellos verticales paredones. Tengo que reconocer que se me pone la carne de gallina y uno se pregunta si no será una especie de llamada a las tribus montañesas, convocando a exterminio. A mis 22 años los relatos de aventuras en desiertos y montañas son habituales en mis lecturas y la mente se siente transportada hacia hazañas épicas  Precisamente hace quince días pasó en el cine de Xauen aquella magnifica  película “Beau Geste”, interpretada por Gary Cooper, con el asedio al fuerte en pleno desierto Me siento en el papel de los defensores de la torre y aprieto el Máuser, como si tuviera que hacer uso del mismo.

Prefiero localizar otros sonidos más agradables. Por sus gritos me imagino las troupes de bailarines haciéndose la competencia  unos con otros, especialmente los procedentes de las kabilas montañeras cercanas. Distingo las voces que pregonan la venta de comidas, frutas y bebidas, para hacer frente al calor de esta noche. Veo perfectamente el Barrio de las Bocas Pintadas. ¿Qué estará haciendo Aisa la Malica? Seguramente cimbreando su  cintura y enseñando el ombligo, con su perla incrustada,  a una audiencia vociferante. ( ¡La que armó Vilamasana cuando se empeñó en saber si la perla era verdadera o falsa ¡ Algunos salimos por la ventana.).

Bueno, pensemos en otra cosa. Por el antiguo Barrio de los Camellos, y ya en las afueras, mi mirada busca el Ras-el Maa, el manantial de agua que mana de la gruta de Aisa Kandicha, lugar de reunión para las mujeres que deseen tener hijos y escenario de ceremonias y rezos encaminados a tal fin. Mas lejano, destaca la explanada del campo de tiro y trato de adivinar el  lugar donde se emplazaban las siluetas y obstáculos a los cuales disparé, como tirador de primera, buena cantidad de cargadores de cinco balas. De eso hace ya más de un año… ¡Qué rápido pasa todo¡….. En fin, la vieja y admirable alcazaba domina el conjunto de Xauen, llamada la “ciudad de las fuentes”, por la abundancia de sus aguas, y durante siglos considerada por los musulmanes como ciudad santa, ignorada y prohibida para todo extranjero.

Suena el ronco estampido del cañón. Son las cinco. El almuédano, de voz melodiosa, desde lo alto del minarete de la mezquita, llama una y otra vez a los fieles a la oración. Todo ruido va cesando poco a poco, pero el silencio no tarda mucho en ser roto por un rumor impreciso y monótono que baja desde las alturas del pueblo. Es una especie de tan-tan que se acerca y aleja en su deambular por las callejuelas, y cuyo eco resuena en los inmensos paredones de las montañas. Es algo misterioso, sin embargo es solo un hombre que recorriendo las calles del barrio indígena, hace sonar su debourka o tambor, hecho de alfarería o de un tronco hueco, indicando a los fieles que la hora del ayuno empieza de nuevo.

El silencio se va haciendo poco a poco dueño de la noche. Me siento feliz. Uno desearía quedarse así para siempre saboreando  poco a poco la vida. Recuerdo la intranquilidad con que vine a Marruecos, precisamente a la zona del Rif, palabra que todavía causa espanto en la generación de nuestros mayores, y el medio disgusto de mi padre cuando le dije que venía voluntario a esta zona. Hay un viejo proverbio árabe que dice que nadie debe volver a los lugares donde fue feliz. Pero otro proverbio dice, que todos somos deudores eternos de los lugares donde lo hemos sido. El regresar a ellos, aunque sea solamente con el pensamiento, es regresar a la juventud, y la juventud alimenta hasta el final las ilusiones de cualquier hombre. Un año he pasado ya entre estas montañas. Un año de mi juventud, a mil y pico kilómetros de casa y en lugar desconocido  y ajeno por completo a nuestras costumbres . Estoy seguro que este periodo en el que me sentí solo e independiente por primera vez en mi vida, dejarán huella imposible de borrar. Pero tengo que volver a la realidad. Me toca hacer el relevo de la guardia. No quiero pensar en nada más. Sólo tengo ante mí las estrellas y el silencio.  La maravilla de esta noche, así como las jornadas vividas en Beni Ahmed, con las ceremonias de las tribus aisinas, permanecerán para siempre en el recuerdo…

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