Las montañas de los dioses. Creencias y supersticiones.

Las fuentes y encrucijadas son consideradas como lugares mágicos. Para los sherpas sus Dioses protegen montañas, campos, piedras, aguas y árboles. El impresionante entorno de la cascada del Rupse Khola, sobre el Kali Gandaki, con sus molinos, Chorten, banderas de oración, ruedas de rezos y hasta puente del demonio, constituye una verdadera antología de sus creencias religiosas. Casi dos horas estuve en un extremo del citado puente, contemplando las ceremonias que todo transeúnte realizaba al entrar, colocando flores silvestres o simplemente manojos de hiervas, haciéndose entrega unos a otros de monedas simbolizando un pago de deudas, o sencillamente efectuando momentánea parada para musitar alguna oración. Más adelante me hablaron de la leyenda de la Diosa que habita en la parte superior de la cascada, así como de la pareja de enamorados que tenían que cruzar el torrente para verse, motivo este de la legendaria construcción del puente; el por qué de los ramilletes de flores, etc. llenaría páginas con todas las historias que recogí en el Rupse Khola, lugar ciertamente mágico.

Hay un respeto hacia la naturaleza y sus misterios. Con un sherpa, fuerte y decidido en la montaña, tuve problemas al atravesar por la noche el oscuro bosque hacia Lete, en las laderas del Annapurna. Yo descendía tranquilo, disfrutando de la plácida noche y el hombre hubo un momento que me agarró por el brazo para hacerme apurar, “la noche no es buena aquí. Muchos espíritus en este lugar”, me dice. Intento tranquilizarle y le cuento que en mi tierra tenemos un santuario dedicado a los muertos, donde el que se dirija hacia el, por el bosque, de noche y con niebla, corre el riesgo de perderse y vagar eternamente, yo lo había hecho varias veces y sabía que no era así. Algo le reconforta y tranquiliza mi experiencia, pero el buen hombre no se despegó de mi, pero no para defenderme de los espíritus, sino para buscarse protección.

Cuando en el Annapurna el 19 de septiembre de 1991 los surcoreanos sufrieron el alud que arrastró a seis de sus miembros, en la mayor tragedia de esta montaña y nos tocó vivir tan de cerca, el jefe de los sherpas me dijo todo serio, que el alud se debió a que en el campamento las banderas coreana y Nepalí ondeaban a altura superior a los gallardetes de oración y eso no era del agrado de los Dioses de la montaña.

En el Campamento Base todas las mañanas, bien temprano, el ceremonial casi obligado de los sherpas era quemar un poco de enebro, en el altar levantado al efecto y dar vueltas alrededor del mismo entonando una especie de rezos, dirigidos a los espíritus de la montaña para inclinarlos a nuestro favor.

De su sensibilidad hacia la contemplación de la Naturaleza recibí buen ejemplo el día que baje del Campo I del Everest a 6.100 metros de altura. Venía despacio, atento y seguro por el verdadero laberinto que supone la Cascada de Hielo  del Khumbu, uno de los grandes problemas de la montaña. Me alcanza un sherpa cuando estoy parado admirando el paraje. “bonito ¿verdad? ¿le gusta todo esto?” me pregunta. Charlamos un poco y al bajar me dice, “venga conmigo, le voy a enseñar algo que creo ningún alpinista conoce aquí”. Me conduce a una cueva de hielo, indescriptible por el juego de luces que se produce en su interior, entre estalactitas de hielo y lagunas congeladas. “¡Es como si fuera el palacio de la Diosa de la montaña!”, dice en voz baja y todo admirado.

Inolvidable fue la noche pasada a orillas del Miristi Khola, a cuatro mil metros de altitud y a dos horas del Campo Base del Annapurna, donde el continuo aguacero me obligó a buscar refugio al amparo de unas rocas. Acompañado de Mingma y Daba pasé la noche, protegiéndonos como pudimos de la cascada de agua. Compartimos la cena y entre olor a té, humo de leña mojada, con humedad por todas partes y agua que bajaba por la pared mojando sacos de dormir y empapando más el suelo, me hablaron de Lhu y Dhu, espíritus de la tierra que había que tener contentos; cantaron canciones alegóricas a las Diosas de estas montañas y yo también entoné de las nuestras, con final en aturuxo “para asustar a los espíritus”, les decía y se destornillaban de la risa.

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